
El primer obstaculo fue levantar el pie, deslizarlo por sobre una baldosa rebelde, y evitar sacrificar unas hormiguitas.
Elegió el lugar para pisar, sorteando pasitos cortos intecalados por lineas y piedritas.
Conservó el equilibrio, ese que tanto costó encontrar en los tiempos de inconciencia.
Se dió la vuelta, miró si la mandamás seguía en la puerta, seguramente con toda esperanza en su mandado.
Cerró los ojos, recordando las letras de los nombres que debía traer consigo, y de paso pensó en un rico chupetín.
Sonrió, con esa boca de conejo y alma de querubín. Se cayó un guante, en el medio del deber. De lana y de colores.
Debajo de su ojos cósmicos iban mejillas paspadas, un tanto rojizas, motivo de blandura del mas bravucón.
Quebró la puerta con manitos humedas, estrelló las monedas al vidrio y pidió esos nombres con tono cortés. No importó el despilfarro si todo queda saldado con un caramelo de limón.
La vuelta no me acuerdo, me limito a inmortalizarla en un pantalón de corderoy y un buzo con osos.
La mandaría al almacén de la otra cuadra sólo para mirarla caminar.