domingo, 8 de mayo de 2011

Sucia.

La suciedad es una sensación que desgarra hasta el mas salubre ser. Cortada en tiras finas, airosas ante ese viento polusivo que me vuela dentro, voy, con el surco entre las manos, harta de no encontrar un espejo que refleje lo que sí quiero ver de mí. Envuelta entre colchas de arena y sobre bloques arrasados por la lluvia, respiro nada.

Me encontré en un cruce de líneas que las sentí como insolentes, riéndose de mi incapacidad de bajar y dejarme encerrada en un frasco, sin ver lo que no quiero ver y sentir lo que no quiero sentir. Me ví dejándome estancada en un peldaño oxidado, corriendo a buscarme, porque lo que estaba siendo, era lo más sucio que pude ser.

Era la niña tonta que prefiere quedarse a ver antes que imaginárselo envuelta en el sillón. Era la esclava de mis miedos, la ingenua por ser ingenua ante la reacción. La miedosa, la que se dejó pisar por ella misma. La que no subió ni bajó y se quedó mirando al gran sol, pidiéndole desaparecer. Cómo desperdiciar un amanecer así ante tanto miedo? Fui usada por mi falta de experiencia. Estás cosas se viven los domingos?

Estaba quieta, perdiéndome en lugares que quería estar, reunida con dos amores, los más grandes tal vez, odiándolos tanto dentro de mí. Odiándome más a mi por no poder amarlos al amanecer. No pude ni llorar. Una lagrima al condominio hubiera reafirmado mi suciedad, desparramando la humedad por las paredes, cortando la soga y dejando caer la ropa limpia, haciendo las pocas nubes más grises aún, abriendo los candados que tan violentamente fueron cerrados... Pero no lloré. No me sentía en mí para tal muestra.

Empecé a sentir los más sucios sentimientos. Tan negros como el hollín que no nos cayó en la cabeza, tan porosos como mi cuerpo ante la intención de volver a verme en mí, tan rugosos como el hormigón que nos envolvía. Me sentí tan sucia.